junio 25, 2021

Las ciudades, causa y remedio del cambio climático


Los devastadores efectos que el huracán Sandy provocó en Nueva York en 2012 ponen de manifiesto la falta de preparación y resiliencia de las ciudades frente a los fenómenos más extremos que puede llegar a provocar el cambio climático. Pero no es un ejemplo aislado. Más cercano en el tiempo es el caso de Madrid, que colapsó después de una nevada ininterrumpida de 30 horas que acumuló más de 50 centímetros de nieve: Filomena. En la última década el medioambiente no ha dejado de enviarnos avisos que nos recuerdan que, por el momento, estamos perdiendo la batalla frente al clima.

En este punto, podríamos hacer referencia al refrán que dice algo así como: “Abogado sin conciencia, merece penitencia”. Y es que las ciudades sufren las consecuencias del cambio climático pero también las causan. Según Naciones Unidas, las urbes —que solo ocupan un 2% de la masa terrestre— generan el alrededor del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo. ¿Las razones? El organismo internacional considera que esta huella ambiental se debe, entre otros motivos, a una mala planificación urbana, que obliga a los ciudadanos a hacer grandes desplazamientos sin un sistema de transporte público eficaz, y el uso de combustibles fósiles para cubrir las necesidades energéticas de un gran número de edificios.




Sin embargo, la elevada disponibilidad de recursos, infraestructuras, servicios y capital económico y social hacen que las grandes urbes sean un agente clave en la lucha contra el cambio climático. Aunque las perspectivas a corto plazo tampoco son alentadoras. Un estudio elaborado por investigadoras del Basque Centre for Climate Change señala que los planes de adaptación de las urbes más grandes a nivel mundial no van a conseguir resultados efectivos tal y como están planteados actualmente. Para revertir la situación, las expertas ponen el foco en la mejora de la información climática existente, el incremento de los canales de financiación a nivel local y el refuerzo de la parte regulatoria de las medidas de adaptación. Además, insisten en la necesidad de favorecer los procesos participativos y la co-producción.

Una visión holística

En definitiva, para abordar el desafío se debe adoptar una visión holística que vaya más allá de edificios individuales. Porque, para conseguir una ciudad resiliente no basta con tener estructuras sostenibles, también es necesario repensar aspectos como:

  • Movilidad: Ya hemos hablado en alguna ocasión del transporte sostenible, pero la emergencia climática requiere, además, una movilidad inteligente. Es decir, optimizar el transporte público a través de la digitalización de las flotas y crear un ecosistema en el que los VMP o Vehículos para la Movilidad Personal tengan un espacio definido.
  • Eficiencia energética y autoconsumo: En primer lugar, hay que repensar fundamentalmente cómo usamos la energía y, especialmente, las fuentes de las que proviene. Pero el verdadero reto es conseguir construcciones asequibles, eficientes, sostenibles y (en la medida de lo posible) autosuficientes.
  • Gestión de residuos: Tratar el residuo como recurso también ayuda a luchar contra el cambio climático. La economía circular reduce las emisiones de la fabricación y transporte de nuevos productos y la buena gestión de residuos y el control de vertidos previenen frente a fenómenos como las inundaciones, los incendios y otros riesgos medioambientales.
  • Sensorización: Lo que no se mide, no se puede mejorar. Por ese motivo, es necesario monitorizar y evaluar cada una de las iniciativas que se pongan en marcha. Para ello, es imprescindible contar con sensores —ambientales, de contaminación, de movimiento, acústicos, etc—  que recopilen ingentes cantidades de información y disponer de ‘softwares’ de análisis de datos capaces de interpretarla.

En España queda mucho camino por recorrer, pero encontramos iniciativas como la Red Española de Ciudades por el Clima, que aspira a adaptar el planeamiento urbano para mitigar la emisión de gases de efecto invernadero, o ejemplos como el de Barcelona, cuyo nivel de madurez en la lucha contra el cambio climático es fuente de inspiración. Su Plan Clima 2018-2030, elaborado por el Ayuntamiento de la ciudad, aporta una visión integradora con el objetivo de reducir el 40% de las emisiones de CO2 per cápita e incrementar los espacios verdes en un metro cuadrado por cada habitante. Pequeños pasos que debemos recorrer lo más rápido posible a nivel global para evitar llegar a un punto de no retorno.